Invierno Nuclear

Esta tarde

Posted in General by guillermix on 23 noviembre, 2010

Hay un perro en el balcón.

Es un día lluvioso, y hace poco he descubierto que cuando llueve se filtra agua a través de las grietas de la pared del cuarto de baño, formando un pequeño charco. Pero al cabo se seca y desaparece cuando deja de llover, o al menos esa es la última teoría fruto del período de observación pertinente, así que este inconveniente doméstico puede ser fácilmente ignorado por el tipo del sofá con pantalones de chándal con el mínimo esfuerzo. A menos que siga lloviendo, claro.

Siempre me digo que los días grises son mis días. Como si la caída de la tarde se sincronizara con mis pensamientos más íntimos, como si el mundo me diera la razón por una vez. Los días soleados son para los demás.

Me lío un pitillo, llueve sin intensidad y un par de gotas estratégicas caen rítmicamente sobre el techo de plástico verde de la vecina en el patio de luces, las oigo a través de la ventana cerrada de mi habitación. Está oscureciendo y debería encender la luz, pero me gusta la que proyecta la pantalla del portátil en la penumbra, parece darle importancia al hecho de estar escribiendo en el ordenador. De todas formas, enciendo la luz. Iba a hacerme un café en la maravillosa cafetera expréss, una obra de ingeniería perfecta que hace cafés como se supone que tiene que ser un café. Yo tenía un ideal filosófico de una taza de café, y esta máquina de los dioses lo hizo realidad. A pesar de los halagos, he decidido no hacerme el café. De todas formas, tome o no café, mi actividad no da síntomas de cansancio hasta las dos o las tres de la madrugada. Supongo que soy un animal nocturno, falta de obligaciones inexcusables matinales mediante.

Para escribir esto, uso un procesador de textos sencillo que tiene la particularidad de tener sonidos ambientales y fondos de colores relajantes que cambian sutilmente, todo ello para ayudar a concentrarse. La verdad es que funciona, estoy contento de usar este procesador, aunque no tenga tantas opciones de edición como otros. Supongo que en mi caso la concentración es más importante que la corrección automática.

La estantería de mi habitación se está cayendo. Se trata de una tabla gruesa, porque eso es lo que es, eso sí, bellamente acabada y que pega con todo porque es de Ikea, como todo lo demás. Está anclada a la pared por unos enganches que el propio grosor de la tabla ocultan y que parecen haber ido cediendo con el tiempo, sobre todo por el peso de los libros que yo le puse encima. El día que noté que se estaba inclinando y amenazaba con caerse sobre mi ordenador y dependiendo del ángulo de caída y también del azar de los acontecimientos, también sobre mi cabeza, decidí quitar los libros y dejarla medio vacía. Desde entonces resiste ahí, en la pared, ladeada, como un barco encallado en la costa. Guardé los libros en el armario, porque no hay más estanterías en la habitación, y me dije que tenía que arreglarla. No lo he hecho aún. Me da un poco de pena por los libros, que siguen encerrados en el armario. No se que tenía de malo una estantería normal, que pudieras ver cómo está enganchada y por dónde y por qué, y sobre todo que tal vez hubiera cumplido mejor su función de estante. La vida es un misterio.

Ha llamado Alba preguntando por el perro. Le he dicho que sigue en el balcón y no quiere entrar, pero está bajo techo, durmiendo.

El sueño de anoche

Posted in General by guillermix on 22 mayo, 2009
Hoy tuve un sueño bastante curioso. Se lo conté a Aarón cuando íbamos de camino a hacer la compra, y al tomar la forma de palabras desde el recuerdo de lo que realmente llegué a soñar, se convirtió en un sueño realmente interesante y surrealista. Como todos los sueños, al recordarlo las escenas que lo componían no duraban más que unos segundos, pero antes del regreso a la vigilia parecía haber estado mil años viviendo aquella experiencia.
Estaba con una mujer desconocida y con Mario Benedetti. Este se encontraba a mi lado, recitándome poemas uno tras otro, sin embargo no entendía una palabra, pero parece que la cadencia con la que recitaba era relajante y suficientemente interesante por sí misma. De la mujer no tengo más recuerdo que el hecho de estar ahí, un poco detrás de nosotros acompañándonos, una testigo muda algo inquietante. Mientras Benedetti recitaba y la mujer misteriosa contemplaba, los tres caíamos en el vacío sin parar, un viaje hasta el suelo desde una considerable altura. Pero cuando parecía que nos íbamos a estrellar de pronto el escenario cambiaba, como una nueva pantalla en un juego de ordenador, y ahora estábamos cayendo sobre los picos nevados de una cordillera montañosa, y en vez de estrellarnos y desmembrarnos contra las afiladas rocas caíamos por una abertura natural formada en la montaña, y seguíamos cayendo de nuevo. No recuerdo nada más, pero me dio la sensación al despertar que estuvimos cayendo un buen rato. También recuerdo el miedo inicial que sentía al ser consciente de estar a punto de morir pero parecía que las palabras sordas de Bennedetti y la presencia de la mujer hacían que ese miedo quedase aplacado poco a poco.
Y ese es el sueño. Me acordé perfectamente al despertar, tal vez porque quedó interrumpido por las señales que mi cerebro recibió desde la vejiga alertando que ya estaba bien llena y con necesidad de ser evacuada (que me estaba meando, vamos), y parece que un despertar repentino en mitad de un sueño hace que pueda trascender la membrana de la realidad como una huella de dinosaurio en la orilla de un río puede trascender el tiempo.
Luego, cuando volví de mear (o de evacuar una ya más relajada vejiga) me volví a acostar, pero en lugar de continuar con aquel sueño, mi mente fabricó otro donde de repente me encontraba cruzando una plaza a la que habían puesto paneles de madera formando un laberinto en cuya salida se encontraba mi casa, pero resultaba que a mitad de camino me tropezaba en un pasillo estrecho con mi antiguo vecino del tercero, una de las pocas personas (o tal vez la única) a las que tengo cierto asco como ser humano, aunque probablemente me de más pena que otra cosa, y este tipo estaba en medio del pasillo celebrando una cena familiar en una gran mesa llena de comensales, y las sillas en las que estaban sentados impedían sin remedio que yo pudiera pasar y llegar a casa.
Supongo que después de un primer sueño bastante increíble y que me gustó bastante, el hijo de la gran puta de mi cerebro decidió compensarlo con otro bastante más desagradable, aunque no fuera del todo una pesadilla.
Y eso es todo.

Hoy tuve un sueño bastante curioso. Se lo conté a Aarón cuando íbamos de camino a hacer la compra, y al tomar la forma de palabras desde el recuerdo de lo que realmente llegué a soñar, se convirtió en un sueño realmente interesante y surrealista. Como todos los sueños, al recordarlo las escenas que lo componían no duraban más que unos segundos, pero antes del regreso a la vigilia parecía haber estado mil años viviendo aquella experiencia.

Estaba con una mujer desconocida y con Mario Benedetti. Este se encontraba a mi lado, recitándome poemas uno tras otro, sin embargo no entendía una palabra, pero parece que la cadencia con la que recitaba era relajante y suficientemente interesante por sí misma. De la mujer no tengo más recuerdo que el hecho de estar ahí, un poco detrás de nosotros acompañándonos, una testigo muda algo inquietante. Mientras Benedetti recitaba y la mujer misteriosa contemplaba, los tres caíamos en el vacío sin parar, un viaje hasta el suelo desde una considerable altura. Pero cuando parecía que nos íbamos a estrellar de pronto el escenario cambiaba, como una nueva pantalla en un juego de ordenador, y ahora estábamos cayendo sobre los picos nevados de una cordillera montañosa, y en vez de estrellarnos y desmembrarnos contra las afiladas rocas caíamos por una abertura natural formada en la montaña, y seguíamos cayendo de nuevo. No recuerdo nada más, pero me dio la sensación al despertar que estuvimos cayendo un buen rato. También recuerdo el miedo inicial que sentía al ser consciente de estar a punto de morir pero parecía que las palabras sordas de Bennedetti y la presencia de la mujer hacían que ese miedo quedase aplacado poco a poco.

Y ese es el sueño. Me acordé perfectamente al despertar, tal vez porque quedó interrumpido por las señales que mi cerebro recibió desde la vejiga alertando que ya estaba bien llena y con necesidad de ser evacuada (que me estaba meando, vamos), y parece que un despertar repentino en mitad de un sueño hace que pueda trascender la membrana de la realidad como una huella de dinosaurio en la orilla de un río puede trascender el tiempo.

Luego, cuando volví de mear (o de evacuar una ya más relajada vejiga) me volví a acostar, pero en lugar de continuar con aquel sueño, mi mente fabricó otro donde de repente me encontraba cruzando una plaza a la que habían puesto paneles de madera formando un laberinto en cuya salida se encontraba mi casa, pero resultaba que a mitad de camino me tropezaba en un pasillo estrecho con mi antiguo vecino del tercero, una de las pocas personas (o tal vez la única) a las que tengo cierto asco como ser humano, aunque probablemente me de más pena que otra cosa, y este tipo estaba en medio del pasillo celebrando una cena familiar en una gran mesa llena de comensales, y las sillas en las que estaban sentados impedían sin remedio que yo pudiera pasar y llegar a casa.

Supongo que después de un primer sueño bastante increíble y que me gustó bastante, el hijo de la gran puta de mi cerebro decidió compensarlo con otro bastante más desagradable, aunque no fuera del todo una pesadilla.

Y eso es todo.

Real

Posted in General by guillermix on 8 septiembre, 2008

 

Uno se deja llevar. No es que no piense, sino que no piensa tanto. Y es un alivio.

Un día cualquiera es un día interesante. Un día nublado, un buen día. Internarse en partes poco accesibles de la mente no lleva más que al abismo insondable de la duda. A perder el tiempo, vamos.

No echar de menos lo que dejas atrás es suficiente prueba de que uno está haciendo lo que debe. Recuperar la capacidad de sorpresa, volver a usar la mirada como un método de exploración y no de contemplación, usar los pies para andar a alguna parte, tener un rumbo, aunque no sea del todo claro. Finalmente aceptar y comprender que para ser, hay que estar.

Dejar de una vez que los demás completen lo que falta, sirve para darte cuenta de todo lo que faltaba. 

Estar inmerso aquí y ahora era algo que había olvidado. Ser real, en último término, sienta bien.

Todo lo demás, ya se verá.

Arte eléctrico

Posted in General by guillermix on 17 junio, 2008

Bombilla de bajo consumo

Yo bajaba a comprar tabaco y me encontré al electricista contemplando un amasijo de cables que salía de un zócalo de la pared.

Se ve que había venido a cambiar la luz de la escalera, que ya empezaba a fallar y hacer cosas raras, y así lo deduje al verlo allí de pie. Pero me llamó la atención su forma de estar, con los brazos en jarra, mirando atentamente la maraña de cables, parecía que llevaba así un buen rato, como el pintor delante del lienzo en blanco esperando que le llegue la inspiración. Solo por eso ya parecía un tipo peculiar, pero luego lo vi, y no se si ya había decidido como esperaba que fuera, pero me recordó a un enano ingeniero salido de un libro de fantasía, con su mono azul y un juego de destornilladores en el bolsillo. Desde luego era bajito, aunque no tanto como para ser un enano medieval-fantástico, pero ya no pude evitar verlo así.

Me dijo al verme “hola soy el elecricista, he venido a arreglar la instalación de la escalera” y a continuación, sin esperar casi a que le replicara empezó a explicarme lo que estaba viendo. “¿Ves?”, me decía mientras me señalaba unos cables y unos cajetines que sobresalían de la pared, explicándome el efecto que el tiempo y un anterior y deficiente mantenimiento habían acabado haciendo. A continuación comenzó a contarme detalladamente lo que tenía planeado hacer: cambiar el cableado, poner interruptores nuevos en cada piso (“¿hay personas mayores en los pisos de arriba? ¿cuántos minutos debería ponerle al temporizador de la luz de la escalera? ¿tres están bien?”), cambiar la bombilla de la entrada (“la usan solo por la noche, ¿no? ¿pongo una bombilla de bajo consumo? ¿le parece bien de 23 vatios, que en realidad rinden como 100? Así podrán tener un poco de más luz incluso más allá de la puerta”). Yo asentía a todo algo abrumado, con mono de tabaco y realmente sorprendido de la energía y la pasión que le ponía el hombre al explicarte lo que iba a hacer. Me preguntó “¿tiene usted una escalera para cambiar la bombilla?”, le dije que sí, que iba un momento a por tabaco y que ahora se la bajaba.

Tardé unos 15 minutos en volver, y es que aunque el estanco está al lado de casa casi siempre tengo la mala suerte de coincidir con una legión de ancianos multitarea, esto es, echar la primitiva, la bonoloto de mañana y la del día siguiente, el euromillón, una caja de cigarros o un puro, ese no, mejor el de más arriba, no le han llegado todavía aquellos que le pedí, mira a ver si tengo algo, hay que ver nunca me toca ni el reintegro… Total, que tardé un poco más de lo que pensaba. Para cuando volví el electricista ya estaba colocando los interruptores. “Ahora le bajo la escalera” le dije, “muy bien”, me respondió concentrado en su trabajo, y luego comenzó a preguntarme mi opinión sobre los interruptores, si estaban bien, si no, que los había puesto de tal estilo porque eran más intuitivos de pulsar en la oscuridad pero que de todas formas tenían su lucecita para que no hubiera equívocos con los timbres de las puertas. Yo le dije a todo que sí, que me parecía bien, y la verdad es que me lo parecía, a pesar de ser nuevo en eso de analizar estética y funcionalmente los interruptores de la luz.

Luego le bajé la escalera y puso en la entrada la bombilla de bajo consumo, invitándome a que la probara en cuanto tuviera ocasión para que comprobara la luz que emitía. Le dije que lo haría, claro, como no iba a comprobarlo después de las maravillas que me contó acerca de esa bombilla. Luego se marchó, y yo me quedé pensando en que este hombre era sin duda el electricista más apasionado y perfeccionista que había conocido nunca.

Esta mañana regresó a primera hora, llamando a mi timbre (ya hay confianza). Yo estaba ya despierto, así que no me importó. Me dijo que le había llamado el presidente de la comunidad, que al parecer durante la noche la bombilla de bajo consumo de la entrada había dejado de funcionar. Yo le dije que creía que no, que había visto la luz encendida durante la noche, y que por cierto iluminaba estupendamente. Pero por lo visto a altas horas de la madrugada dejó de hacerlo, así que aquí estaba él para solucionarlo. Se le notaba algo mosqueado porque hubiera pasado tal desgracia, así que me pidió la escalera de nuevo y en diez minutos lo arregló todo. Al devolverme la escalera ya sonreía de nuevo, visiblemente aliviado por dejarlo todo como se suponía que tiene que estar.

Y se marchó tan contento, el artesano eléctrico, camino de su próxima obra maestra. No he bajado todavía, así que no he comprobado la bombilla, pero no me cabe ninguna duda de que funciona perfectamente.

El mar, idiota, el mar

Posted in General by guillermix on 16 junio, 2008

Nunca he visto la nieve.

Este hecho que para algunos puede resultar sorprendente, no es que me quite el sueño, la verdad. He tenido oportunidades de verla, pero nunca se dio el caso finalmente. Supongo que cuando al fin la vea, tras la curiosidad inicial todo derivará en un “pues ya la he visto” para mis adentros. Y si no la llego a ver, pues tampoco pasa nada. Más grave parece no haber visto nunca el mar, desde luego, aunque de entrada sea algo tan fácil de solucionar como lo de la nieve. Pero tiene que impresionar ver el mar por primera vez, o tal vez no, que también me imagino al anciano que nunca salió de su pueblo contemplándolo por primera vez y tal vez diciendo “pues ya lo he visto” para sus adentros.

De todas formas, algo tiene el mar, y no solo por el hecho de ocupar las tres cuartas partes del planeta. Tampoco se trata de que sea lo último que el hombre no ha podido conquistar del todo, la mayoría de sus fondos todavía espacios inexplorados llenos de secretos extraños y animales inimaginables.

Es otra cosa, algo que tiene que ver con la inmensidad del mar. Esa exposición prolongada al inmenso espacio azulado que nos rodea se ve que da una perspectiva distinta de las cosas, algo demente quizás. Solo se que cuando viajo al interior y voy dejando el mar atrás y me encuentro con campos interminables, montes y montañas, a veces tengo la sensación claustrofóbica de que me falta el aire. “¡Cómo puede vivir la gente lejos del mar!” recuerdo haber pensado alguna vez, sin ningún ánimo de reivindicación chovinista, sino ingenuamente asombrado. Tampoco es una cuestión poética en plan el mar la mar el mar solo la mar, que también está muy bien, pero igualmente habrá quien encuentre poesía al hecho de vivir bajo la falda de una montaña o sobre ella.

Es una cuestión del aire, de respirar de otra forma.

También es cierto que a quien viva lejos del mar le pasará algo parecido cuando viaja a la costa, y puede que sean ellos quienes se sientan con una claustrofóbica falta de aire al verse rodeados de agua. A todo se acostumbra uno al final, pero en principio me resultaría algo inquietante vivir en una ciudad donde allá donde fueras tuvieras la certeza de encontrar solo más calles, más casas, más barrios, más parques, de mirar desde lo alto de un edificio y no ver donde termina la urbe. Puede que sea algo irracional, pues en teoría saber que puedes moverte más allá debería dar menos sensación de claustrofobia que el estar rodeado por el mar y ver que no hay más sitio al que ir sin navegar o sobrevolarlo. Pero a mi el mar me permite respirar, me provoca sensación de libertad incluso aunque no vaya más allá.

Si alguna vez esta ciudad donde vivo llega al fin de su existencia, es casi seguro que el causante será el mar. Y si así ocurre prefiero imaginar a la gente acudiendo a las playas de fiesta o simplemente sentados a la orilla del mar, esperando la ola que arrase con todo. Respirando profundamente.

Todo mentira

Posted in General by guillermix on 12 junio, 2008

El tiempo es una fotografía, un pensamiento, una herida en la rodilla.

No me gusta mirar álbumes de fotos, aunque no me importa hacerlo. Quiero decir, no me suelo poner a ver fotos como un acto de recreación del pasado, pero no me importa participar de tal actividad cuando surge de otro. Entiendo su cometido, comprendo que la gente haga fotos y videos de momentos presentes (yo también los hago), veo para que sirve. El recuerdo desdibujado se vuelve a perfilar con fuerza, la imagen provoca otros recuerdos que no teníamos sobre la mesa, la reflexión del cambio está implícito al contemplar las capturas, la sensación de camino recorrido, la evocación de sentimientos que ya no son o que son de otra manera. Certifican la continuidad de nuestra existencia. Lo entiendo.

Lo entiendo y me perturba. Porque aunque reconocibles, aunque identifiquemos el momento tal en el sitio cual, las imágenes personales, en movimiento o estáticas, muestran otras personas que ya no somos. Yo hace cuatro años, hace diez, ya no existo. La fotografía prueba que estaba allí, que éramos nosotros. Pero ya no lo somos. Puedo tener un recuerdo de lo que hacía, de lo que pensaba, pero al verme en una fotografía realmente no me veo. No me conozco. La imagen muestra algo evidente, claro, pero lo evidente es que no estamos en ella, no somos esas personas que aparecen. Hay una esencia, sí, algo que se ve y se aprecia y que en una buena foto se puede incluso sentir. Y eso es evocador y vital y hasta divertido. Pero es mentira. Como las historias, como los recuerdos. Todo mentira.

Porque la memoria es la medida del tiempo, y la memoria no sale en las fotos. Por eso me perturba verme a mí mismo en imágenes del pasado. Porque me sucede que no veo que certifiquen mi existencia, sino todo lo contrario.

El invierno nuclear

Posted in General by guillermix on 1 junio, 2008

El cielo son cenizas negras que ocultan las estrellas, nunca más visibles. La realidad es espesa, la virtualidad ya cansa. Todo está devastado, pero es mejor que el refugio y sus gruesas paredes de granito, que impiden saber lo que pasa fuera. Los árboles han muerto y no se distingue el día de la noche. Ya no hay canto de pájaros, tan solo el silbido del viento helado que congela todo a su paso. Los colores no existen nunca más, salvo un centenar de distintas tonalidades de grís. Todo está desolado, tan desolado, que solo puede mejorar.

Y yo inicio esta nueva bitácora, un nuevo estado larvario, una nueva piel que mudar cuando llegue el momento. Como siempre, no tengo idea de lo que escribiré, tan solo se que aquí estamos, reinventándonos, puliendo la máscara, cambiando de peinado, ensayando nuevas sonrisas ante el espejo, huyendo a través de él. El mundo es un basurero atómico, y la red un paisaje yermo decorado con banners intermitentes y egos virtuales como éste.

Bienvenidos al invierno nuclear de mi descontento.

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