Todo mentira
El tiempo es una fotografía, un pensamiento, una herida en la rodilla.
No me gusta mirar álbumes de fotos, aunque no me importa hacerlo. Quiero decir, no me suelo poner a ver fotos como un acto de recreación del pasado, pero no me importa participar de tal actividad cuando surge de otro. Entiendo su cometido, comprendo que la gente haga fotos y videos de momentos presentes (yo también los hago), veo para que sirve. El recuerdo desdibujado se vuelve a perfilar con fuerza, la imagen provoca otros recuerdos que no teníamos sobre la mesa, la reflexión del cambio está implícito al contemplar las capturas, la sensación de camino recorrido, la evocación de sentimientos que ya no son o que son de otra manera. Certifican la continuidad de nuestra existencia. Lo entiendo.
Lo entiendo y me perturba. Porque aunque reconocibles, aunque identifiquemos el momento tal en el sitio cual, las imágenes personales, en movimiento o estáticas, muestran otras personas que ya no somos. Yo hace cuatro años, hace diez, ya no existo. La fotografía prueba que estaba allí, que éramos nosotros. Pero ya no lo somos. Puedo tener un recuerdo de lo que hacía, de lo que pensaba, pero al verme en una fotografía realmente no me veo. No me conozco. La imagen muestra algo evidente, claro, pero lo evidente es que no estamos en ella, no somos esas personas que aparecen. Hay una esencia, sí, algo que se ve y se aprecia y que en una buena foto se puede incluso sentir. Y eso es evocador y vital y hasta divertido. Pero es mentira. Como las historias, como los recuerdos. Todo mentira.
Porque la memoria es la medida del tiempo, y la memoria no sale en las fotos. Por eso me perturba verme a mí mismo en imágenes del pasado. Porque me sucede que no veo que certifiquen mi existencia, sino todo lo contrario.


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