El mar, idiota, el mar
Nunca he visto la nieve.
Este hecho que para algunos puede resultar sorprendente, no es que me quite el sueño, la verdad. He tenido oportunidades de verla, pero nunca se dio el caso finalmente. Supongo que cuando al fin la vea, tras la curiosidad inicial todo derivará en un “pues ya la he visto” para mis adentros. Y si no la llego a ver, pues tampoco pasa nada. Más grave parece no haber visto nunca el mar, desde luego, aunque de entrada sea algo tan fácil de solucionar como lo de la nieve. Pero tiene que impresionar ver el mar por primera vez, o tal vez no, que también me imagino al anciano que nunca salió de su pueblo contemplándolo por primera vez y tal vez diciendo “pues ya lo he visto” para sus adentros.
De todas formas, algo tiene el mar, y no solo por el hecho de ocupar las tres cuartas partes del planeta. Tampoco se trata de que sea lo último que el hombre no ha podido conquistar del todo, la mayoría de sus fondos todavía espacios inexplorados llenos de secretos extraños y animales inimaginables.
Es otra cosa, algo que tiene que ver con la inmensidad del mar. Esa exposición prolongada al inmenso espacio azulado que nos rodea se ve que da una perspectiva distinta de las cosas, algo demente quizás. Solo se que cuando viajo al interior y voy dejando el mar atrás y me encuentro con campos interminables, montes y montañas, a veces tengo la sensación claustrofóbica de que me falta el aire. “¡Cómo puede vivir la gente lejos del mar!” recuerdo haber pensado alguna vez, sin ningún ánimo de reivindicación chovinista, sino ingenuamente asombrado. Tampoco es una cuestión poética en plan el mar la mar el mar solo la mar, que también está muy bien, pero igualmente habrá quien encuentre poesía al hecho de vivir bajo la falda de una montaña o sobre ella.
Es una cuestión del aire, de respirar de otra forma.
También es cierto que a quien viva lejos del mar le pasará algo parecido cuando viaja a la costa, y puede que sean ellos quienes se sientan con una claustrofóbica falta de aire al verse rodeados de agua. A todo se acostumbra uno al final, pero en principio me resultaría algo inquietante vivir en una ciudad donde allá donde fueras tuvieras la certeza de encontrar solo más calles, más casas, más barrios, más parques, de mirar desde lo alto de un edificio y no ver donde termina la urbe. Puede que sea algo irracional, pues en teoría saber que puedes moverte más allá debería dar menos sensación de claustrofobia que el estar rodeado por el mar y ver que no hay más sitio al que ir sin navegar o sobrevolarlo. Pero a mi el mar me permite respirar, me provoca sensación de libertad incluso aunque no vaya más allá.
Si alguna vez esta ciudad donde vivo llega al fin de su existencia, es casi seguro que el causante será el mar. Y si así ocurre prefiero imaginar a la gente acudiendo a las playas de fiesta o simplemente sentados a la orilla del mar, esperando la ola que arrase con todo. Respirando profundamente.


Pues si, querido Guille, siempre he pensado que Cádiz no es pequeña, si es la dueña de la inmensidad. Comparto plenamente esa claustrofobia de la ausencia del horizonte. De hecho, aqui en Córdoba me libra un poco de ella la presencia de la sierra, como una promesa de que la ciudad si se acaba, que no es una realidad sin fin, como parece pasar en otras urbes, como Sevilla o Madrid. El mar, le decia este fin de semana a mi hermano, tiene todas las respuestas, aunque no sepamos cuales son las preguntas.
Que grandes verdades querido amigo,
Jamás sabré porque mantuve una ardiente discusión con un bávaro al que el sentimiento que tú tan bien describes se le subía por la cabeza cuando disfrutaba de la vista perdida por las alturas de sus alpes queridos, en din, cosas de nuestras raices. Cada uno es lo que es y está bien así.
Con respecto a tu fatídico fy apocalíptico final solo asiento, triste y sin aliento…